Mariela Salto -

Alfarera

destacada Mariela Salto
"En esta labor hay un 50% de técnica, y un 50% de pasión y ganas"

A los 40 años, Mariela Salto cambió su trabajo radicalmente y se metió de lleno en una profesión que es tan antigua como la humanidad. Hoy está a cargo de su propio taller de alfarería, donde dicta clases, además de producir piezas y vajilla por encargo.

Mariela Salto trabajaba de preceptora en un colegio cuando comenzó a tomar clases de cerámica. Enseguida se dio cuenta de que eso le interesaba demasiado: “Si bien había aprendido, quería más. Quería saber todos los secretos de la alfarería”.

Así empezó a estudiar en la Escuela de Cerámica Fernando Arranz, donde luego de tres años se recibió de técnica y comenzó a dar clases en el mismo taller del que era alumna. Para entonces ya tenía más de 40 años y no podía parar de cultivar su entusiasmo. Entonces decidió continuar su formación en la misma escuela hasta recibirse de profesora en Artes Visuales con orientación en Cerámica.

Desde que empezó y durante muchos años, Mariela invirtió en herramientas. De a poco, fue comprando un torno, el horno, los muebles de trabajo… Hoy tiene su propio taller, que empezó a funcionar en el garage de la casa de una amiga, hasta que le quedó chico. Está a cargo de las clases de varios grupos durante la semana y, al mismo tiempo, trabaja por encargo en piezas personalizadas y vajilla.

Recibe pedidos de muchos lugares y clientes diversos: restaurantes, bares, familias… hasta de una iglesia que le solicitó todas las piezas de la mesa de la cena del Señor de fin de año. Pero a Mariela le gusta aclarar que su especialidad es la producción de teteras y tazas.

Su jornada laboral es larga: “Cuando tengo que entregar un pedido, me despierto muy temprano, a las 4 de la mañana – cuenta –. Paso muchas horas en el taller y lo combino con todas mis tareas domésticas. La alfarería es una tarea continua. Hasta cuando me acuesto a dormir sigo proyectando… No puedo no pensar en la cerámica: pienso en los colores, en las piezas que voy hacer, en qué cosas quiero arreglar en el taller”, confiesa Mariela. Y agrega: “La cerámica está en todos lados, es muy difícil separarla de tu vida diaria”.

La alfarería es un oficio que se asocia habitualmente con el quehacer femenino. Sin embargo, Mariela explica que “en la Antigüedad, era un trabajo de hombres; ellos iban a buscar la arcilla que se sacaba de las montañas, mientras las mujeres se quedaban en la casa”. Desde sus orígenes, esta producción ha sido una de las fuentes más importantes para los arqueólogos, historiadores, antropólogos y sociólogos.

La arcilla pasa por varias etapas hasta convertirse en una pieza utilitaria, en un objeto decorativo o en una obra de arte. Mariela destaca que, además de la técnica, “el alfarero tiene que estar con muchas ganas de trabajar porque hay que poner mucho de uno mismo”.

Entre los tips principales de su oficio, destaca: “Para ser alfarera tenés que tener disciplina, ser ordenada. Con pocas herramientas se puede hacer mucho. El amasado de la arcilla es fundamental, que la pasta tenga una buena humedad y esté bien centrada; se puede tornear bien en cualquier torno siempre que haya buena disposición de trabajo”.

“Lleva un tiempito aprender a tornear, hay que practicar y finalmente las manos leen –asegura–. A veces torneo mirando para afuera o cerrando los ojos porque las manos leen toda la arcilla y eso se adquiere con la práctica”.

Como profesora, se divierte mucho y la llena de alegría poder transmitir su saber. “Estudié para dar, para sembrar mi sentimiento. Es dejar algo que no tiene que ver con lo material, a pesar de que el fin último de la alfarería es la producción de un objeto”, dice.

En el balance de su profesión, no puede dejar de agradecerle a su familia, que la apoyó a la hora de estudiar una carrera que le ocupó mucho tiempo pero le brinda enormes satisfacciones. Para Mariela, todo valió la pena: “El que quiere puede, no hay límite de edad cuando se cree y se sigue una vocación”.

Fotos por Nadège Gaillard